Nunca había presenciado en vivo y
en directo un partido de mi deporte favorito, ni siquiera había ingresado a un
estadio y mucho menos, pisado cancha oficial alguna.
¿Porque tenía que ser así? Pues
motivos sobraban: mi papá es hincha “enemigo”, no me iba llevar así nomás a ver
un partido de mi equipo, luego estaba el hecho que hace unos cuantos años
atrás, ir al estadio no era cosa segura ya que podrías regresar sin todo lo que
llevaste o hacer un pequeño desvío al hospital más cercano para que terminaran
de coserte y luego, cuando ya podía ir no tan resguardada, no encontraba EL
partido que me animara a abandonar mi cómodo sillón desde el cual lanzaba miles
de improperios (siempre escandalizando a mi madre) para abandonarme a la
aventura.
Finalmente encontré la
oportunidad, las circunstancias eran ideales para lanzarme al ruedo, la
expectativa crecía conforme pasaban los días, imaginaba ese momento como algo
espectacular, increíble, fascinante, glorioso y de grata recordación…. Y fue
todo eso, salvo el último adjetivo. No soy muy pegada a las supersticiones,
pero en el fútbol es difícil mantenerse al margen de estas.
No me explicaba cómo era posible
que los jugadores PROFESIONALES anduvieran tan lento, nunca pidieran la pelota
estando libres de marca, no metieran la pierna o la metieran sin fuerza, se
corrieran del rival que se iba al ataque, no cerraran las jugadas de peligro y,
sobre todo, celebraran un penal (mal cobrado) sin haberlo pateado aún para
fallarlo después. ¡Qué dolor!
Porque duele…. En ocasiones como
aquella, deseo fervientemente que no me guste el fútbol, que me aburra como a
miles, porque sé que transitaré por la calle de la amargura durante varios días,
miraré con (más) odio al mundo, evitaré los titulares deportivos y noticieros
en general, seré burla de unos cuantos y sentiré que no hay un mañana. Fueron
cuatro días de dolor, ya que mi tortura comenzó un viernes y terminó un lunes,
no dándome respiro ni para dormir bien una sola noche.
Mi primera vez en un estadio no
empezó con el pie izquierdo, pero tengo la esperanza que en un futuro no muy
lejano pueda sacarme el clavo y quedarme con la garganta rota por los goles que
gritaré hasta ponerme morada. Porque si la vida no tiene revanchas, el fútbol
te las da.

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