Estoy en un “tira y afloja” que
resulta ser lo único constante de mi vida. De pronto sí quiero cumplir con lo
que me propuse hace un buen tiempo para antes de los 30 años, los que se están
acercando angustiantemente rápido. No me da ni un respiro.
Hace cuatro días tuve un golpe de
inspiración y fui la orgullosa acreedora de una planta que, estaba segurísima,
me acompañaría durante mucho tiempo y me diría todos los días que soy capaz de
hacer hasta lo imposible. Claro que se trataba de una planta que no requiere de
mucho mantenimiento, se podría decir que me la llevaba fácil, pero lo cierto es
que era un ser vivo que dependería de mi memoria y de mi cuando se nos ocurriera que, tal vez, necesitaba
un poco de agua.
Hoy me di de lleno con la
realidad (representada en la cada vez más insoportable compañera de trabajo) al
ver que mi pequeño cactus se encontraba en un escritorio distinto al mío, quise
creer que se trataba de un error, pero lo cierto es que argumentó su latrocinio
diciendo que la idea había sido suya, que disponía de más espacio que yo para
tenerlo y que igual estábamos todos en la misma oficina por lo que no había
motivo para tanto drama.
Ante ese tipo de gente solo se
puede reaccionar de manera violenta, pero como aquello no sería recomendable (por
más que tu alma sienta una inmensa satisfacción) lo único que queda es
encogerse de hombros en un intento de mal disimular tu indignación. Pero por
dentro la ira va creciendo más y más, haciéndote recordar que ya son tres
semanas sin Coca Cola, que tu equipo de fútbol perdió la punta y ya no depende
de sí mismo para campeonar, que perdiste dinero intentando que la máquina de
café te sirviera café, que la persona que estaba a tu lado en ese momento te
dijo “ah verdad, la máquina está malograda” y que tu pequeño cactus, el cual
creíste que te estaba ayudando a madurar, fue una razón más para que te dieras
cuenta que estás lejos de lograrlo.

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