Los que me conocen saben a la perfección que
mi nivel de tolerancia hacia los menores de 14 años es de un 0.25% ¿Y quiénes
representan ese ínfimo porcentaje? Los mocosos que integran mi familia (solo
los que conozco) y l@s hij@s de las amigas de casi toda la vida. Y mi presencia
en sus vidas es bien espaciada…. Contentos ambos lados.
Pero prácticamente de la nada me ha entrado la
curiosidad por saber cómo cambiaría mi vida si fuera madre, si fuera la
flamante propietaria (es que claro, sería absolutamente mí@) de un mocoso o
mocosa de regordetes y rosados mofletes, con cabello negro y ojos marrones,
con rollitos a lo largo de su pequeño cuerpo como si de un Shar Pei se tratara,
vamos, adorable en todo sentido, adorable mientras duerme, adorable cuando
sonríe, adorable mientras se alimenta, adorable cuando intenta hablar….
Adorable menos cuando llora, mucho menos cuando hay que cambiarle el pañal y ya
ni hablemos de cuando crece, camine y destroce las cosas, haga berrinches
gratuitos en público, no quiera ir al colegio, no arregle su desorden, no
obedezca una orden y tantísimas situaciones más que veo en la gente que tiene
hijos y que me hacen cerrar el ojo izquierdo de puro nerviosismo.
Hay también la mala costumbre de creer que un
hijo deberá hacerse cargo de los padres cuando estos ya no puedan hacerlo por
su cuenta. Pues bien, si llego a tener descendencia, los libro de toda
responsabilidad futura hacia mí o su progenitor (si es que hubiese) al momento
de nuestra vejez, les doy luz verde para que nos depositen en un asilo, siempre
y cuando no sea uno deprimente, aunque tal vez esté tan ida para ese entonces
que ni me enteraré. De todos modos, lo escrito acá es casi casi un compromiso con
los hipotéticos. Mándenme de paseo y ya.
Las versiones idílicas quedan de lado cuando
es una la que tiene que vivir las experiencias desconocidas.

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