Un ejercicio de memoria.
Hace unos años escribí sobre cómo sería mi día favorito, mi día (de) C, empezando la jornada desde muy temprano y con la única compañía de mis voces internas. Hace poco más de un año, sin buscarlo, pude recrearlo, esta vez, acompañada....
La mañana de aquel domingo no prometía mucho, desperté lo más tarde que pude y una vez confirmado el encuentro, que sólo iba a durar un par de horas, me encaminé hacia el punto acordado. Mientras aceleraba el paso tuve un arranque de inspiración y optimismo y se me ocurrió proponer un desayuno tardío, todo con tal de alargar al máximo su compañía. Es así como, una vez realizado el encargo inicial, pretexto del encuentro, mi propuesta fue alegremente aceptada y, sin darme cuenta, empecé mi día C acompañada de A.
El desayuno a deshoras me trajo una de esas alegrías inesperadas y que quedarán impresas en mi memoria afectiva por lo que me queda de vida, lo sé. Su detalle, tan personal y dedicado, me conmovió a niveles que aún hoy no supero, arrancándome suspiros cada vez que me sirvo un café en la oficina. La conversación no la tengo tan clara, pero sí recuerdo la fluidez, la comodidad, la confianza que primaron en todo momento, como si no tuviéramos un pasado común y turbio, ejemplificando como nunca eso de "vivir el presente y aprovecharlo al máximo". Y vaya que lo disfrutamos y aprovechamos.
La tarde continuó con nosotras recorriendo las calles de la ciudad, mi actividad favorita (caminar) en mi locación favorita (el centro) y con el plus de su compañía, la que me dio esperanzas de hacer realidad uno de mis mayores delirios. Poco a poco la conversación devino en el tema complicado, porque nuestra naturaleza errática siempre sale a relucir, y el ambiente se fue enrareciendo hasta el punto de proponer terminar del todo con el encuentro y, también, con el contacto. A veces me entran estos arrebatos extremos, donde todo es blanco o negro para mi.
A manera de despedida, porque siempre tuvimos ese raro gusto de alargar la agonía, almorzamos en una trattoria, descubrimiento mío, en el que el vino fue protagonista, lo cual trajo como obvia consecuencia una tercera, pero no última, parada en un bar atestado que transmitía esa noche el episodio final de una serie de la cual ambas éramos fans. Entonces llegaron las lágrimas y el sabor amargo del adiós obligado pero necesario, tanto en la ficción como en nuestra complicada realidad.
Como dije al inicio, no esperaba recrear mi rutina favorita con ella, no tuve mayor expectativa que la de un par de horas compartidas, que finalmente fueron más de doce, las que tuvieron su fin en un doloroso intercambio de frustraciones y consuelo mutuo.
La historia, ahora sí, terminó.
A manera de despedida, porque siempre tuvimos ese raro gusto de alargar la agonía, almorzamos en una trattoria, descubrimiento mío, en el que el vino fue protagonista, lo cual trajo como obvia consecuencia una tercera, pero no última, parada en un bar atestado que transmitía esa noche el episodio final de una serie de la cual ambas éramos fans. Entonces llegaron las lágrimas y el sabor amargo del adiós obligado pero necesario, tanto en la ficción como en nuestra complicada realidad.
Como dije al inicio, no esperaba recrear mi rutina favorita con ella, no tuve mayor expectativa que la de un par de horas compartidas, que finalmente fueron más de doce, las que tuvieron su fin en un doloroso intercambio de frustraciones y consuelo mutuo.
La historia, ahora sí, terminó.
Leído... :(
ResponderBorrar