Como todos, tengo
pendientes en la vida. Como todos, los pendientes incluyen viajes y una
formación académica completa. Como pocos, los pendientes incluyen libros y
películas.
Ayer terminé con un
pendiente largo e inexplicablemente postergado. Terminé de leer El Principito y
no me sentí ni más llena, ni más culta ni más realizada. Me sentí terriblemente
vacía.
Pude verme reflejada en
la descripción de los adultos y sus vidas huecas y sin sentido, pude ver lo que
dejé atrás por mi afán de crecer y madurar, pude ver que dejé olvidada la
inocencia y despreocupación que siempre debemos conservar y que terminé
convirtiéndome en monotonía.
No volveré a mirar a
las estrellas del mismo modo, felizmente. No me concentraré en una sola, abarcaré
todo lo que mi vista y la noche despejada me lo permitan, tal vez me dirija a
ellas y a cambio recibiré lágrimas y risas.
También lloraré porque
soy consciente de que he sido domesticada y algunos de mis domesticadores me
han abandonado, no llorando por su ausencia en sí, si no por la sensación de
desamparo de la que siempre he sido conocedora.
Intentaré, porque no
estoy segura de lograrlo, seguir en la vida con la filosofía del zorro que tanto
le enseñó al pequeño príncipe: valoraré todo a lo que le he dedicado tiempo y miraré
a los demás con el corazón, teniendo la esperanza de captar lo esencial.
¿Es tarde para todo esto? Espero que no.

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