miércoles, 22 de julio de 2015

Ah.... Vanidad

No es normal, no lo es….

El pelo crece crece y una no puede hacer nada por evitarlo, entonces pasado un tiempo prudencial o en mi caso, terminada la procrastinación sobre mi apariencia personal, voy a mi peluquería de siempre (“siempre” es cinco años) para proceder con la tortura indecible del corte de cabello.

¿Por qué es una tortura? Pues que con mucha buena voluntad, la peluquería, a la que llamaremos “Melanie’s”, cuenta con un servicio más que completo que consiste en lavarte y masajearte el cuero  con manos expertas mientras chorros de agua tibia caen por tu cabeza. Ni más, ni menos. La gente normal cierra los ojos y se abandona a la sensación de relajo que tanto mimo le provoca, mientras yo estoy con la mandíbula apretada mientras siento dedos extraños paseándose por mi cráneo y la desagradable idea que el chorro de agua tibia es en realidad urea. Así soy.

Felizmente nada es para siempre, por más que yo lo sienta así, entonces terminado el espantoso proceso de lavado y masajeado, llega el corte de la rebelde y cada vez más colorida cabellera. El experto Víctor aparece en escena, todo estuche de cuero negro, lleno de tijeras y colgado de cierta zona meridional. Reconozco que tanta parafernalia me intimida, pero debo comportarme a la altura; Víctor entonces, con voz cantarina, inquiere sobre mis preferencias y yo balbuceo algo parecido a “el mismo peinado pero más corto” mientras pongo cara de querer estar en cualquier lado, menos ahí. Se va la voz cantarina y llega la voz profesional, osea, la del mudo y Víctor empieza con su trabajo, tomándose diez minutos para culminarlo.

Estoy lista para ponerme de pie, pero una mano inesperadamente firme (la de Víctor) me retiene en la silla de la tortura porque falta peinarme. Es decir, utilizar un cepillo que ha pasado por miles de cabezas antes que la mía mientras repasa una y otra vez la secadora de cabello, provocándome ahogo y sofocación si acaso quemaduras de primer grado en mi cara. Vamos, lo que es normal en “Melanie’s”.

Por fin apaga el aparato y con voz insegura le pregunto a Víctor si ya me puedo ir, me responde que sí e instantáneamente se me relajan todos los músculos faciales, que estaban ya bastante rígidos corriendo yo el riesgo de quedarme con una sola expresión para toda la vida. Podía irme de “Melanie’s” una vez más por mi propio pie, había sobrevivido.

Debo mencionar que el resto de la noche me la pasé mirándome en cuanto espejo encontrara en mi camino y así comprobar que el corte me quedaba divino.

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