lunes, 23 de febrero de 2026

Abril sufre en febrero

¿Quién no ha llorado por (des)amor?

Habiendo transitado por todas las etapas propias de una relación, final incluido, puedo dar fe que el tiempo de llanto es ineludible y desgastante, pero necesario.

Sin embargo, este no fue ni es el caso de Abril, quien a sus cortos 20 años ya vive en carne propia aquel dolor de la no correspondencia, de la indecisión y hasta de la (involuntaria) burla, situaciones comunes cuando dos personas con diferentes expectativas se juntan y hacen de todo, menos hablar. No se malinterprete mi postura, puesto que estoy a favor de hacer siempre de todo, pero que ese todo implique también conversar y definir intenciones.

Y fue la falta de intención de algo más por parte del interés amoroso de Abril la que causó el mar de llanto que intentamos, Gardenia y yo, contener del mejor modo posible, acelerando el duelo y aterrizando en la rabia para que las lágrimas tuvieran otro significado y un propósito (lo más inmediato posible) de superación. Creímos conseguirlo al ver a Abril decidida a priorizarse y dejar atrás la sombra que tenía encima... pero subestimamos al factor despecho.

Ese sentimiento, oscuro, vengativo y pocas veces satisfactorio, fue el que la llevó a cometer estupideces que podrían justificarse con la inexperiencia e inmadurez propias de su edad, pero que causaron daño a terceras y a ella misma. Entonces llegó, un poco a la mala, a la etapa del aprendizaje y autoperdón, acompañada, como no, de sus inseparables lágrimas, las que Gardenia y yo tuvimos que reencausar a algo constructivo.

Veremos cuanto dura.

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