¿Quién no ha llorado por (des)amor?
Habiendo transitado por todas las etapas propias de una relación, final incluido, puedo dar fe que el tiempo de llanto es ineludible y desgastante, pero necesario.
Sin embargo, este no fue ni es el caso de Abril, quien a sus cortos 20 años ya vive en carne propia aquel dolor de la no correspondencia, de la indecisión y hasta de la (involuntaria) burla, situaciones comunes cuando dos personas con diferentes expectativas se juntan y hacen de todo, menos hablar. No se malinterprete mi postura, puesto que estoy a favor de hacer siempre de todo, pero que ese todo implique también conversar y definir intenciones.
Y fue la falta de intención de algo más por parte del interés amoroso de Abril la que causó el mar de llanto que intentamos, Gardenia y yo, contener del mejor modo posible, acelerando el duelo y aterrizando en la rabia para que las lágrimas tuvieran otro significado y un propósito (lo más inmediato posible) de superación. Creímos conseguirlo al ver a Abril decidida a priorizarse y dejar atrás la sombra que tenía encima... pero subestimamos al factor despecho.
Ese sentimiento, oscuro, vengativo y pocas veces satisfactorio, fue el que la llevó a cometer estupideces que podrían justificarse con la inexperiencia e inmadurez propias de su edad, pero que causaron daño a terceras y a ella misma. Entonces llegó, un poco a la mala, a la etapa del aprendizaje y autoperdón, acompañada, como no, de sus inseparables lágrimas, las que Gardenia y yo tuvimos que reencausar a algo constructivo.
Veremos cuanto dura.
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