Ni siquiera
recuerdo el evento de aquella noche de sábado, sólo sé que fui a acompañar a mi
tía y primo, viendo cantar a un imitador de José José y una versión muy
particular y fea de Lo pasado, pasado,
pero que hasta el día de hoy no puedo evitar reproducir en mi mente de tanto en
tanto. Tenía unos siete u ocho años, esa edad en la que todo te asombra, todo
lo comentas y todo quieres compartirlo con la persona que representa tu mundo: tu madre.
Al día siguiente,
mientras doña Umi lavaba la ropa en el patio, le conté al detalle todo lo que
había pasado, siendo que en un momento ella anticipó mi relato y me dijo
exactamente lo sucedido en un momento particular de la velada, yo no entendía
nada pues no había forma que ella supiera del asunto si no estuvo presente: “Ahhhh, es que yo sí fui, estuve atrás tuyo
y no te diste cuenta”. Mi cara debió haber reproducido todos los emoticones
de asombro en ese momento, tanto que mi madre soltó una carcajada para después
aclarar que mi primo se me había anticipado y ya le había contado todo sobre la
salida. En ese momento, recuerdo muy claramente, maldecí no haberme levantado
temprano.
No tengo muy claro cuándo fue la última vez que me senté con ella a comentarle algo de mi día a día, del trabajo, una película que me gustó, política o lo que sea, volver a tener ganas de hacerle saber cosas; y no es que tenga la intención de ocultarle mi vida, simple y absurdamente perdí esa sensación, esa necesidad.
Pero con doña Umi no hay nada que un desayunito de café y chicharrón no pueda arreglar, por eso la adoro.
Hay que recuperar el tiempo.
¡Feliz día del zurdo 2025!
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