Un sábado, después de más de dos horas de juegos e historias inventadas con mi sobrino, terminé con la garganta resentida, lo que se tradujo en afonía y dolor de oídos al día siguiente, sumándole a ello un dolor de cuello y espalda que atribuí al colchón ajeno que compartí esa noche.
A los dos días empecé con los estornudos, los cumplidos y los frustrados, que me tenía con los ojos irritados y la nariz filtrante, lo que yo supuse se debía al haber dormido con la ventana abierta y las ropas ligeras (osea, nada).
Ya para el martes, cuarto día de “síntomas”, mi jefe, alertado por mi mirada febril, me mandó a hacerme la bendita prueba molecular, consistente en la profanación de fosas nasales y garganta con largos hisopos manipulados por personal médico, que por más considerados y delicados que intenten ser, no podrán evitar nunca las lágrimas y las arcadas. Es así que pasé la prueba y me mandaron a casa por tres días, los que se iba a tomar el hospital para sacar los resultados.
Ya en casa, los estornudos aumentaron, la tos apareció y mi cuerpo pedía clemencia, igual yo mantenía la fe en que todo esto se trataba de la gripe que se me pega al inicio del verano. A pesar de ello, me aislé en mi cuarto y mi madre me pasaba los alimentos desde la puerta, ambas con la mascarilla puesta. Pasé el primer día en cama, simplemente no podía/quería levantarme.
El segundo día fue un calco del anterior.
El tercer día me sentí un poco mejor y hasta me animé a prender la tele y pasar canales uno tras otro sin ver nada, una de mis actividades favoritas que no hacía desde hace tiempo.
Llegué al cuarto día y no tenía resultado de la prueba, como mi voz cambió su habitual timbre chillón por una más propio de persona con traqueotomía, mi jefe me dijo que permaneciera en casa. Todo indicado por teléfono para asegurarse que no me aparecería por la oficina.
Y así pasaron cinco, seis, siete y ocho días desde la toma de muestra y cuatro días desde la aparición de “síntomas”, por lo que sumando uno y otro y considerando las indicaciones dictadas por los especialistas, mi ciclo viral (probable COVID) ya habría concluido, lo que me facultaba a retomar mi actividad diaria, lo que incluyó como primer paso, el regresar a mi estresante y entrañable trabajo, del cual quise huir antes del mediodía de mi reincorporación.
Estaba en casa.
A los dos días de haber regresado a mi trabajo, salieron los benditos resultados.
Positivo en COVID, negativo en el amor (#OkNo).
De todo aquello me quedó la experiencia de haber finalmente sucumbido a tan mal bicho, en un momento en el que mi cuerpo ya contaba con tres dosis de vacuna, lo que impidió un desenlace nefasto y hasta fatal, agradeciendo a todos los cielos que tanto yo como los míos hayamos podido perseverar en los momentos más complicados de la pandemia.
Se va viendo que enero no es mi mes, pasando por un cuadro de apendicitis el 2021, el puto cobi el 2022, espero con ansias lo que me depara enero de 2023, poniendo a prueba ese dicho de la hierba mala.
De mi soundtrack pandémico, rescato esta canción, una con nostalgia y toxicidad a partes iguales....
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