Hoy me robaron el celular y debo
reconocer que estoy un poco aliviada.
De la noche a la mañana me uní a
la tropa de autistas que van por la vida con la cara pegada a sus teléfonos, l@s
que toman fotos de cuanto plato fintoso tengan delante, que wasapean (perdonen
la informalidad) con todo el mundo, ignorando a los amigos de al lado, que se
desentienden de todo lo que les rodea. De ell@s renegaba, en un@ de ell@s me
convertí.
La vida definitivamente me tenía
que dar una llamada de atención, claro que hubiera preferido que no hubiera
intermediario alguno (me lleno de furia al pensar en el malnacido que se hizo
con mi aparato), pero estoy reaprendiendo del silencio forzado (me quitaron la
música), de acordarme que la gente tiene cara (mucho más grande que una
pantallita de 2.4 pulgadas), de comer sin electromagnetismo al lado (porque
todo momento era bueno para revisar las notificaciones) y tantas otras manías
que fueron engulléndome poco a poco.
Igual extrañaré mis fotos y
vídeos, dormir arrullada por la música clásica, el formato de hora que mi TOC
aprobaba y desentenderme un poco del trabajo. La sensación de pertenencia es
muy fuerte y es por eso que deseo fervientemente que el infeliz que se llevó mi
teléfono sufra el peor de los martirios.
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