En mi época de embrión, y
posteriormente feto, la tecnología con la que hoy contamos no era tan accesible
como ahora, por lo tanto, mis padres no sabían si yo iba a ser niño o niña. Sin
embargo, con dos niñas mayores, todo hacía indicar eso de “a la tercera, va la vencida” y serían
acreedores, por fin, de un niño que hasta nombre tenía: Jorge Iván.
¿Y en qué se basaron mis padres
para casi asegurarlo así? Aparte de eso de “a la tercera, va la vencida”, mucha
gente de su entorno le salía con los mitos de siempre: que la barriga apuntaba
hacia abajo, que me movía tanto en la panza de mi madre que segurito era niño,
que como no tuvo nada de náuseas lo que había dentro era un varón…. Y el
puntillazo final lo dio la vecina-viejita-misteriosa de mi abuela, quien con
solo ver a mi mamá y a su barriga de siete meses, vaticinó en medio de un halo
de misticismo “estás esperando un niño,
no hay duda de ello”. Ni las profecías de la profesora Trelawney, tuvieron
tanto efecto como aquella.
Pero los mitos, las profecías y
las ganas de mi padre no pudieron con la fuerza de la naturaleza (that bitch!),
lo que ella había decidido no se podían cambiar y fue así que un caluroso
jueves, al promediar las 18 horas, mis padres se llevaron la (in)grata sorpresa
de tener entre ellos a su tercera hija mujer. Mil disculpas por aquello.
Sin embargo, al hacer un recuento
de mi infancia, no recuerdo algún impedimento de género para hacer lo que me
diera la gana. Tal vez cargué inconscientemente con esas ansías reprimidas, no
lo sé, lo concreto fue que mi llegada significó un pequeño martirio para mis
hermanas mayores: les rompía las muñecas, desordenaba sus juguetes, agarraba
mis carritos a tracción y los pasaba encima de sus cuentos de princesa, siempre
hacía el papel de villano cuando coincidíamos en recrear alguno de ellos…. Eso
cuando estaba con ellas, en solitario causé destrozos con la televisión, tuve
mi época de pequeña delincuente al tirar latas de gaseosa desde mi azotea hacia
la calle, salía a jugar fútbol con los niños de mi barrio, tenía canicas de casi
todos los colores y bailaba trompo con algo de torpeza. Se supone que todas
esas cosas son las comunes en un niño. También estaba el batallar diario con mi
madre que se empeñaba en vestirme con colores francamente horribles, usando
zapatitos de charol que no me duraban mucho porque yo procuraba rayarlos
mientras me metía en la tierra de los parques a jugar, haciéndome colitas en cada
lado (con varias lágrimas mías) y comprándome una lonchera lila de Mi Pequeño
Pony que yo arrastraba por todo mi colegio, convencida de que se trataba de uno
de mis carritos a tracción.
No sé dónde aprendí tantas cosas
o por quien fui influenciada, con seguridad no fue mi papá. El pobre andaba
perdido en las cosas típicas del jefe de familia y era mi mamá la que se
ocupada de los pequeños desastres caseros. Supongo que será un misterio sin
resolver.
En retrospectiva, más allá de definir si tuve un
estigma o no, lo mejor que me ha podido pasar es haber nacido mujer, estoy
convencida que de haber sido hombre, con mi personalidad y mis complejos, hubiera
padecido más en esta vida alborotada.

¡Me hiciste llorar! pienso que en tu placer inconsciente de complacerlos actuabas así. En mi caso también pensaron que seria hombre, con la diferencia que era la segunda y ya tenían un varón,luego fueron 2 varones y yo la niña del medio y mi infancia fue más parecida a la de un niño , jamás vi Candy, veía Los Supercampeones, hacia de arquera para que mi hrno. practicara penales para su campeonato de colegio, me gusta el fútbol, el estadio, el play station y hoy por hoy lo mejor que me ha podido pasar es ser mujer :) ,excepto por varios hdp que me hicieron llorar como Candy, pero y que? I´m A BARBIE GIRL .
ResponderBorrar