lunes, 2 de febrero de 2015

Gajes del oficio

Si hace un año decía que no veía cercana una renuncia y mucho menos un despido, ahora, con dos años cumplidos, las cosas están un poco distintas.


Cada día que pasa es un despertarme y pedir vacaciones a gritos (mentales), pelearme con las sábanas que pugnan por retenerme en la cama y no para dormir puesto que mi alarma corporal ya se acostumbró a madrugar, es la tentación permanente de llamar a la oficina y decir que estoy enferma, reírme de la gente que dice que la ducha es para relajarse puesto que durante ella yo sólo pienso con que humor estará mi jefe…. Y al final del día es permanecer despierta en la oscuridad de mi cuarto, sin conciliar el sueño por pensar en lo que me esperará al día siguiente. La calle está dura, pero a estas alturas la prefiero.


La mala leche es difícil de combatir y no sé cuánto tiempo más podré estar con la boca cerrada para no soltar las cosas que pienso sobre l@s compañeros de trabaj@ que día a día manejan dos caras dependiendo de quién tengan delante. Sé que no soy un ejemplo a seguir, pero nunca hago las cosas con un afán deliberado de hacer quedar mal a todos y ser la única responsable. Y en ese ambiente me muevo de lunes a sábado.

Estando las cosas así, veo un despido o una renuncia bastante cercanos. No sé cuál de las opciones saldrá, lo que sí sé es que ese día será, para mí, un día feliz.

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