martes, 11 de noviembre de 2014

Nadie se salva

La Muerte desafió todo lo que está establecido en eso llamado "el orden de las cosas", se zurró en la naturaleza y decidió que nadie iba a morir. Pasado el berrinche, decide volver a matar y como para compensar su falta, avisa mediante cartas con sobres violetas con una semana de anticipación y así les da un tiempo para que cada uno resuelva sus pendientes, muy considerada ella utiliza el sistema de correo.... Gran sorpresa le causa cuando uno de los sobres violetas le rebota, va a buscar al rebelde y se encuentra con un violonchelista que le provoca una sensación rara que más adelante lo descubrimos como amor. La Muerte decide adoptar permanentemente la forma humana y vivir su vida (qué curioso) al lado del violonchelista. Y claro, nadie más vuelve a morir.

Al margen de los efectos colaterales que causa tal decisión (y que tienen todos los elementos de ironía que le agradecemos a Saramago), Las intermitencias de la muerte narra una historia de amor de las atípicas, que llegan a enternecer a pesar del desconcierto de tan disparatada premisa: nadie muere y, al parecer, nadie morirá jamás porque la Muerte se enamoró. Al margen de la evidente fantasía, cuesta creer que alguien renuncie a semejante poder (matar, ni más ni menos) por el amor a una persona, músico, pero humano después de todo.

Lo que nos deja a los simples ¿mortales? en total desventaja, ya ni escribiendo sosas canciones de amor.


1 comentario:

  1. ♪que de amor ya no se muere
    mas muriendo me marché... ♪ :/ :/ ironía sentimental.

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