Ayer tuvimos la más honesta e íntima de las conversaciones de nuestra larga y corta historia. Larga por los años acumulando resentimientos que se vieron reducidos a nada con un poco de valioso contacto. Corta porque ese contacto en verdad resultó poco, poco para lo que pudimos ser, poco para lo que había por dar. Ayer nos acompañamos, nos consolamos, nos apoyamos y, sin buscarlo, compartimos otro final, uno de ficción, que nos daba, aún sin saberlo, el cierre perfecto.
Pude prolongar más este vínculo, pero tal y como se lo dije, a la larga iba a doler más y yo estoy en un aprendizaje del desprendimiento que me está enseñando, casi a la mala, que eso de “cortar por lo sano” es más que un cliché, es una decisión que debo asumir para poder vivir tranquila, para curarme y para liberarme de una toxicidad que nunca busqué, pero a la que me aferré como una tabla de salvación que en realidad sólo me hundía más y más. Y ella no ha sido ajena a eso.
Pero, a pesar de todo, ella me ha
demostrado una fortaleza que, nunca se lo dije, he envidiado más que todo lo
demás, nunca tuvo miedo a decir y hacer las cosas que yo, por insegura, no me
atrevía a proponer, tampoco se cortaba al momento de llamar a las cosas por su
nombre, ser directa, por más que eso generara uno que otro mal entendido o
magulladura en mi ego. Esa misma “honestidad brutal” me trajo pequeños momentos
de felicidad, con cada revelación sobre lo que yo significaba en su vida, algo
en lo que no pude ser recíproca, pues tenía y aún tengo miedo por verbalizar estos
sentimientos de los que ahora deberé desprenderme.
Mientras tomo café en mi nueva
taza favorita, me doy cuenta que esta es una declaración tardía, perdí tiempo
con reproches absurdos, producto de mi inmadurez y de la venda que por mucho
tiempo insistí en tener sobre los ojos, pero también es una declaración sentida
que aun así no alcanza a expresar el quiebre interno por el que estoy pasando.
Espero que esta canción le haga
recordar lo mismo que a mí.
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