Han culminado los cuartos de final de la Champions
League, el torneo que más fanatismo ha despertado en mí a lo largo de mis años como aficionada al
fútbol. Entonces es de esperar que me encuentre con angustia, poco apetito,
ánimo por los suelos y nervios tensados hasta el punto de casi mandar a la mierda
a mi jefe por burlarse de mi reacción ante el gol del equipo rival.
En paralelo está Vanessa quien, circunstancias de la
vida, comparte conmigo ese estado semi-catatónico por motivos bastante alejados
de los míos. Y es que Vanessa está atravesando por una crisis amorosa que la
tienen al borde de todo: del llanto, del suicidio asistido, de cometer el
crimen perfecto, de patear a un perrito, de entregarse a los excesos y varias
cosas más.
Hasta podría considerarse un absurdo comparar el
origen de los problemas, pero válido si es que provocan lo mismo en cada una.
Voy transitando por la calle de la amargura, evitando diarios y páginas
deportivas, odiando a todo conocido o extraño que comente sobre el partido,
deseando desesperadamente que no me importe quien gane la Champions, pero todo
todo me afecta. Vanessa por otro lado, pasa por la peor de las incertidumbres
que la mantienen paralizada y sin atinar a algo que no sea la nostalgia, evita
la música, los libros y hasta las noticias porque todo todo le trae recuerdos.
Y hay más, porque ambas sabemos que nada podemos
hacer, que nuestras afecciones son las que son y no cambiarán, que nuestra
voluntad no sirve de mucho, que el punche lo deben poner otr@s y que la
esperanza hace más daño que la realidad….
Pero aún con todo eso, y para nuestra desgracia,
Vanessa y yo sabemos que nunca dejaremos de creer.

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