Tengo dos pies izquierdos para el
baile. Siempre siempre he dicho que no bailo porque no me gusta, pero he de
reconocer la mentira: no bailo porque no sé bailar.
Ahora, no es que me pase todo el
tiempo sentada en un rincón durante fiestas o reuniones bailables, si me sacan
a bailar y estoy con el ánimo adecuado, salgo. El tema es que ya una vez en la
pista hago de todo…. Me quedo parada sin mover ni un dedo, cuando encuentro una
secuencia a seguir (ridícula y clásica) la canción cambia de ritmo y pierdo el
paso, luego mato el rato dando vueltas y si es una con coreografía, la hago
completita sin una pizca de gracia.
Me entra la mayor de las envidias
cuando veo a mi hermana desenvolverse (con o sin pareja) ante una de esas
salsas duras y con descargas, siempre siguiendo el ritmo, resultando un
espectáculo digno de verse. Luego veo mi madre con la misma canción y mi falta
de coordinación está totalmente explicada con sus genes, pero claro, le da
igual y vive feliz así.
Durante un tiempo pensé en
meterme a una de esas academias de baile, pero cuando visité algunas me quedé
de piedra al ver que grandes espejos cubrían las paredes y, en algunos casos,
hasta el techo. Imposible realizar pasos de baile si me siento constantemente
observada por mí, viéndome cualquier intento de quiebre, dando un rodeo a la
pareja de turno…. Simplemente no podría con la vergüenza, puesto que desde
siempre he sido la mayor e implacable jueza para mis ridículos y el bailar
(junto con los discursos) sería uno mayúsculo.
¿Qué hacer? No creo que la
siquiatría junto con sus apetitosos sicofármacos sean la solución, para eso
tengo a la cerveza que a veces me
resulta liberadora, lo malo es que siempre siempre estará la sobriedad del día
siguiente para atormentarme con cada escenita armada.
No hay más que aceptar mis nulas
facultades danzarinas verticales. Las horizontales, en las que creo que me
desenvuelvo mucho mejor, lastimosamente quedarán en el ámbito privado. El mundo
se lo pierde.
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