sábado, 12 de marzo de 2016

Demente....

Tengo dos pies izquierdos para el baile. Siempre siempre he dicho que no bailo porque no me gusta, pero he de reconocer la mentira: no bailo porque no sé bailar.

Ahora, no es que me pase todo el tiempo sentada en un rincón durante fiestas o reuniones bailables, si me sacan a bailar y estoy con el ánimo adecuado, salgo. El tema es que ya una vez en la pista hago de todo…. Me quedo parada sin mover ni un dedo, cuando encuentro una secuencia a seguir (ridícula y clásica) la canción cambia de ritmo y pierdo el paso, luego mato el rato dando vueltas y si es una con coreografía, la hago completita sin una pizca de gracia.

Me entra la mayor de las envidias cuando veo a mi hermana desenvolverse (con o sin pareja) ante una de esas salsas duras y con descargas, siempre siguiendo el ritmo, resultando un espectáculo digno de verse. Luego veo mi madre con la misma canción y mi falta de coordinación está totalmente explicada con sus genes, pero claro, le da igual y vive feliz así.

Durante un tiempo pensé en meterme a una de esas academias de baile, pero cuando visité algunas me quedé de piedra al ver que grandes espejos cubrían las paredes y, en algunos casos, hasta el techo. Imposible realizar pasos de baile si me siento constantemente observada por mí, viéndome cualquier intento de quiebre, dando un rodeo a la pareja de turno…. Simplemente no podría con la vergüenza, puesto que desde siempre he sido la mayor e implacable jueza para mis ridículos y el bailar (junto con los discursos) sería uno mayúsculo.

¿Qué hacer? No creo que la siquiatría junto con sus apetitosos sicofármacos sean la solución, para eso tengo a la cerveza  que a veces me resulta liberadora, lo malo es que siempre siempre estará la sobriedad del día siguiente para atormentarme con cada escenita armada.

No hay más que aceptar mis nulas facultades danzarinas verticales. Las horizontales, en las que creo que me desenvuelvo mucho mejor, lastimosamente quedarán en el ámbito privado. El mundo se lo pierde.



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