Mi personalidad tiene muchas
contradicciones. Paso de ser una furibunda peatona que reacciona ante un
evidente abuso de algún conductor a una timorata hija que no le quiere decir a
sus papás que jaló un curso (actualmente es la timorata asistente que no le
quiere decir a su jefe que olvidó hacer las declaraciones tributarias desde
octubre). Valiente/cobarde es una contradicción que saltea temerariamente la
frontera entre cordura y locura.
Sin embargo me estoy desviando un
poco hacia lo segundo, con la consecuencia rara de los remordimientos.
Había cambiado el semáforo hace
10 segundos ya, sin embargo el conductor hizo caso omiso de la luz roja que le
indicaba “oe, frena” y la cruzó. Yo, aprovechando que el carro andaba con
todas sus ventanas abiertas, le solté un sonoro “¡HIJO DE PUTA!” que ni
siquiera liberó en un 5% la impotencia y rabia que sentí ante semejante abuso. El
carro siguió su camino y terminé de cruzar la pista, o eso creía: cuando
llegué a la acera me percaté que el carro había casi frenado, supuse que en
un intento de responder mi airado reclamo, finalmente decidió continuar su
camino y aceleró la marcha…. Lo hubiera considerado un triunfo moral de no
haber sido porque en aquel momento me percaté que en los asientos traseros
viajaban dos niñas y una señora mayor que llegaron a mirarme con expresión de
desconcierto. Lo que he asumido hace unos 10 años como conciencia, me indicó
que a lo mejor se trataban de las hijas y madre, respectivamente, del
irresponsable chofer; traté de convencerme que era una lección para el
conductor puesto que así lo pensaría mejor antes de saltarse una luz roja, sin
embargo me quedó la sensación de haber sido excesiva e innecesariamente brusca
al expresarme, que los acompañantes no tenían culpa y salieron con las orejas
enrojecidas.
La calma y mesura me abandonaron
cuando a mi jefe se le ocurrió responsabilizarme de un documento que él mismo
aprobó y firmó, simplemente no quise asumir culpas ajenas y ante tanto maleteo de su parte, haciendo
hincapié en mi supuesta negligencia, exploté y le dije que yo no estaba loca
para mandarme con un escrito por mi cuenta, que él tampoco puede librarse de la
responsabilidad porque lo leyó antes de firmarlo, que no iba admitir siquiera
que dijera que era un error compartido porque nada de lo que decía el maldito
documento salió de mi cabeza y por último lo que se decía ahí no era tan grave
y mi jefe estaba armando un drama por las puras, yo me había limitado a ordenar
sus ideas y adecentarlo para que pueda ser presentado…. Finalmente el asunto
quedó ahí, días más tarde supimos que nuestro escrito no tuvo consecuencias
negativas, que tanta aprehensión fue en vano y que salimos, como yo había
vaticinado, bien parados del tema. Situaciones parecidas (pero nunca tan
intensas como la primera) han seguido, pero ya me queda la sensación de que fui
demasiado vehemente al defenderme, que tener la razón no es suficiente cuando
hay que enfrentarse al jefe, que nunca se debe perder la compostura. En fin,
esa supuesta conciencia me ha suplicado que me tranquilice, que sólo conseguí
un triunfo pírrico que me desgastó emocionalmente, que ni habiéndole soltado un
“se lo dije” a mi jefe hubiera mejorado mi ánimo.
He tenido varias situaciones de
extrema ofuscación y ya me está preocupando un poco, no puedo seguir en plan
rabioso porque no faltará el momento en el que me cruce con alguien más
violento y pague las consecuencias con un abuso mayor al que haya despertado mi
lado iracundo, necesito (necesidad vital) sosegarme, necesito ver las cosas con
una perspectiva menos arisca, rodearme de cachorros y muchos peluches de vaca.
¿Cuál sería el origen de mi
repentina violencia? Aparte de lo que me indique el sicólogo que todavía no
visito, yo he encontrado una coincidencia entre mis episodios sicóticos y la
decisión de dejar la Coca Cola hace ya casi dos meses. La falta de cafeína, azúcar y algún otro químico nocivo que hacen tan exquisito a mi corrosivo
favorito me están pasando factura. Sin embargo mi panza, mi falta de aguante al
correr y los siete kilos de más que indican la balanza tomaron la decisión por mí,
abandonando así a la Coca Cola y otras chatarras de las que me confieso adicta.
Sí pues, vivir sano hace daño.
enfatizo tu frase"vivir sano hace daño". Llevo también 2 meses de abstinencia a la Coca cola, al café,chocolate, frituras, etc, y cada día me siento más enferma, al punto que cuando cojo una botella de yogurt leo cuidadosamente de que está compuesto y mi cerebro hipocondríaco ya le encuentra un negativo. Vivir sano, hace más daño, al cerebro y al inconsciente.
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