lunes, 12 de enero de 2015

Abstinencia....

Mi personalidad tiene muchas contradicciones. Paso de ser una furibunda peatona que reacciona ante un evidente abuso de algún conductor a una timorata hija que no le quiere decir a sus papás que jaló un curso (actualmente es la timorata asistente que no le quiere decir a su jefe que olvidó hacer las declaraciones tributarias desde octubre). Valiente/cobarde es una contradicción que saltea temerariamente la frontera entre cordura y locura.

Sin embargo me estoy desviando un poco hacia lo segundo, con la consecuencia rara de los remordimientos.

Había cambiado el semáforo hace 10 segundos ya, sin embargo el conductor hizo caso omiso de la luz roja que le indicaba “oe, frena” y la cruzó. Yo, aprovechando que el carro andaba con todas sus ventanas abiertas, le solté un sonoro “¡HIJO DE PUTA!” que ni siquiera liberó en un 5% la impotencia y rabia que sentí ante semejante abuso. El carro siguió su camino y terminé de cruzar la pista, o eso creía: cuando llegué a la acera me percaté que el carro había casi frenado, supuse que en un intento de responder mi airado reclamo, finalmente decidió continuar su camino y aceleró la marcha…. Lo hubiera considerado un triunfo moral de no haber sido porque en aquel momento me percaté que en los asientos traseros viajaban dos niñas y una señora mayor que llegaron a mirarme con expresión de desconcierto. Lo que he asumido hace unos 10 años como conciencia, me indicó que a lo mejor se trataban de las hijas y madre, respectivamente, del irresponsable chofer; traté de convencerme que era una lección para el conductor puesto que así lo pensaría mejor antes de saltarse una luz roja, sin embargo me quedó la sensación de haber sido excesiva e innecesariamente brusca al expresarme, que los acompañantes no tenían culpa y salieron con las orejas enrojecidas.

La calma y mesura me abandonaron cuando a mi jefe se le ocurrió responsabilizarme de un documento que él mismo aprobó y firmó, simplemente no quise asumir culpas ajenas y  ante tanto maleteo de su parte, haciendo hincapié en mi supuesta negligencia, exploté y le dije que yo no estaba loca para mandarme con un escrito por mi cuenta, que él tampoco puede librarse de la responsabilidad porque lo leyó antes de firmarlo, que no iba admitir siquiera que dijera que era un error compartido porque nada de lo que decía el maldito documento salió de mi cabeza y por último lo que se decía ahí no era tan grave y mi jefe estaba armando un drama por las puras, yo me había limitado a ordenar sus ideas y adecentarlo para que pueda ser presentado…. Finalmente el asunto quedó ahí, días más tarde supimos que nuestro escrito no tuvo consecuencias negativas, que tanta aprehensión fue en vano y que salimos, como yo había vaticinado, bien parados del tema. Situaciones parecidas (pero nunca tan intensas como la primera) han seguido, pero ya me queda la sensación de que fui demasiado vehemente al defenderme, que tener la razón no es suficiente cuando hay que enfrentarse al jefe, que nunca se debe perder la compostura. En fin, esa supuesta conciencia me ha suplicado que me tranquilice, que sólo conseguí un triunfo pírrico que me desgastó emocionalmente, que ni habiéndole soltado un “se lo dije” a mi jefe hubiera mejorado mi ánimo.

He tenido varias situaciones de extrema ofuscación y ya me está preocupando un poco, no puedo seguir en plan rabioso porque no faltará el momento en el que me cruce con alguien más violento y pague las consecuencias con un abuso mayor al que haya despertado mi lado iracundo, necesito (necesidad vital) sosegarme, necesito ver las cosas con una perspectiva menos arisca, rodearme de cachorros y muchos peluches de vaca.

¿Cuál sería el origen de mi repentina violencia? Aparte de lo que me indique el sicólogo que todavía no visito, yo he encontrado una coincidencia entre mis episodios sicóticos y la decisión de dejar la Coca Cola hace ya casi dos meses. La falta de cafeína, azúcar y algún otro químico nocivo que hacen tan exquisito a mi corrosivo favorito me están pasando factura. Sin embargo mi panza, mi falta de aguante al correr y los siete kilos de más que indican la balanza tomaron la decisión por mí, abandonando así a la Coca Cola y otras chatarras de las que me confieso adicta. Sí pues, vivir sano hace daño.

1 comentario:

  1. enfatizo tu frase"vivir sano hace daño". Llevo también 2 meses de abstinencia a la Coca cola, al café,chocolate, frituras, etc, y cada día me siento más enferma, al punto que cuando cojo una botella de yogurt leo cuidadosamente de que está compuesto y mi cerebro hipocondríaco ya le encuentra un negativo. Vivir sano, hace más daño, al cerebro y al inconsciente.

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