A lo largo de mi vida he tenido dos sueños
recurrentes: uno, a todas luces pesadilla, trataba de mi propia versión del fin
del mundo. El segundo, un sueño hermoso que recreaba una zona cercana a mi casa
a la cual le colocaba detalles que hacían más fascinante el asunto.
Vivo cerca, muy cerca, a un río. Los primeros
recuerdos que tengo de él son de mucha basura, moscas y roedores avezados pero,
como yo era pequeña, ese ambiente me causaba interés más que repulsión.
Conforme pasaban los años, la gente empezó a cuidar más el lugar y ya no
botaban tanta basura, plantaron unas flores, creció mucha vegetación y todo
cambió por completo. Es innegable la enorme influencia que este elemento ha
tenido en mí.
Volviendo a mi segundo sueño recurrente, su
protagonista principal era el río y todo lo que había a su alrededor, en mi
sueño no había basura, eran enredaderas y lianas; en mi sueño no habían ratas,
eran bagres gigantes del tamaño de ballenas (los sueños se permiten esas
licencias); en mi sueño recorría un camino mezcla de jardines flotantes de
Babilonia con ambientación vietnamita que seguramente vi en alguna película
bélica; en mi sueño existía verdadera armonía entre el caos de la ciudad y la
naturaleza ya que se iba de uno a otro lugar cruzando una callecita; en mi
sueño todo era perfecto porque era eso, un sueño.
La realidad me dice que el cuidado que le
fueron dando al río, el esfuerzo que hicieron por embellecer la zona, el tiempo
que invirtieron para hacer de ese lugar algo digno de envidiar, todo eso, se fue a la mierda. La realidad me dice
(y nadie me demuestra lo contrario) que es imposible armonizar a la naturaleza
con los avances que se dan en la ciudad, que el progreso de la metrópoli está
por encima de cualquier huevada tipo árboles o jardines, lo principal es
avanzar hacia la modernidad sin importar si esto significa destruir lo bueno y
reemplazarlo por lo funcional, lo práctico.
Tal vez estoy exagerando en mi idea de que la
naturaleza está por encima de todo y es intocable, obviamente no es así, sin
embargo no puedo evitar escribir esto y paliar en parte el dolor e indignación
que siento al ver cómo una sarta de impresentables tomaron por asalto el lugar
de mis primeras fantasías infantiles y las destruyeron entre hachazos y
jalones. Mi primera reacción mental fue responder con la misma violencia, pero eso me
hubiera puesto al nivel de aquellos individuos y así terminaba de espantar a
la niña que todavía vive en mi, dejándola sin esperanzas de poder recrear
(aunque sea ya sólo en sueños) aquel lugar mágico.
Han pasado dos días y ya lo extraño, de pronto
me invade el temor de no poder volver a aquel lugar ni en sueños.
Rio mistico...
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