lunes, 2 de julio de 2012

Buscaminas

La mañana estuvo tranquila, hasta medio buena porque tuve una de esas conversaciones que siempre te levantan la moral. No porque me lanzaran flores, sólo fue una prueba de la confianza que todavía me tienen algunas personas, buenas amistades.

Por la tarde ya tuve que cumplir con la pesada obligación del trabajo, sin embargo el optimismo me acompañaba todavía, tonta yo que no avisoraba lo que iba a venir.... Lista para salir, llave a la puerta y hacia el paradero. Y en esas andaba cuando veo al ÚNICO carro que me llevaba a mi destino, como ya estaba con la hora justa tuve que correr larguísimas dos cuadras para poder alcanzarlo, lo logré, con náuseas y unos cuantos desgarros musculares conseguí subir, Estaba exultante, eufórica, definitivamente ese era mi día.

Como costumbre, siempre busco sentarme al fondo y pegada a la ventana, acentuando en todo mi tendencia a la soledad. El carro estaba casi vacío así que no tuve problemas, ubiqué un espacio libre en esos asientos para dos personas y Amy, junto con sus lágrimas que se secan solas, me acompañaron. Tranquila, casi contenta, casi nada podía turbar mi estado contemplativo, tampoco es que la vista en esa parte de Lima fuera un encanto total, pero le he encontrado el gusto.

En esas andaba cuando el carro empezó a llenarse, ni modo, así es el transporte público, qué se le hace. Pero lo que no esperaba era verme convertida en una mina a punto de estallar porque un clic-divino-superior lo dispuso así....



Los que me conocen saben de mi intolerancia a muchas situaciones, pero tres en particular me desesperan hasta hacerme sudar frío. Y sí, esas tres me acorralaron en una macabra recreación de ese jueguito clásico que nunca pude dominar. En este orden: un señor sentado delante mio comiendo unos nutritivos plátanos de la isla (los naranjitas que comen también los bebes) que, una vez terminados, no encontró mejor solución al problema de las cáscaras que botarlas por la ventana sin el menor empacho, de eso ya se encargaría quien deba de encargarse; a su lado una joven madre de familia con una niña encantadora que de arranque estuvo demostrando lo saludables que eran sus pulmones, ante esto, la joven madre de familia no tuvo mejor idea que demostrarnos a todos en el carro que ella también poseía unos pulmones bien fuertes incluso para opacar a su pequeña, el resultado fue que ni la presencia de la gran Amy  en mi mp3 pudo con aquel concierto de estridentes voces; y a mi lado derecho una señora cargada de  cinco mil paquetes que, en un alegre y constante balanceo, amenazaban con caerme todos encima, cabe anotar que esta señora también se alimentaba con la siempre rica mandarina, aunque tuvo el mal gusto de guardar la cáscara en una bolsa que llevaba.

En resumen, dos personas comiendo dos de las más olorosas frutas en un ambiente cerrado y cargado, una madre con su niña con la mejor de las actitudes y yo, sudando frío, con el ojo izquierdo latiéndome a mil y con más de la mitad de camino por recorrer. No, no exploté, estuve quieta y muda en mi asiento esperando llegar a mi destino, mirando afanosamente hacia la ventana buscando un escape inexistente a mi angustiante situación. Y llegué.

¿Cuál fue mi recompensa? El trabajo que, como todo buen trabajo, está libre de estrés y siempre lleno de armonía y felicidad. Ahora viene una sonrisa sarcástica y algo amarga.

1 comentario:

  1. Una vez moría por besarlo, hasta que acaricio mi rostro con sus manos a fragancia mandarina huando! hablaossssss brother :/

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